Cada decisión importante termina contigo. No porque quieras controlarlo todo: porque nadie más la toma. Te vas una semana y la operación te espera. El equipo resuelve lo del día; lo que define el año, te lo guarda.
Sabes que alguien tiene que seguir y no tienes un nombre. El director que podría no quiere; el que quiere no está listo; los hijos, si los hay, tienen otros planes. Mientras tanto reestructuras por partes: mueves el organigrama, renombras un puesto, contratas a alguien parecido al que se fue.
Nadie en la mesa lo dice en voz alta, porque decirlo obliga a decidir. Y decidir la sucesión es decidir también qué se suelta: una línea, una región, una forma de hacer las cosas, a veces a una persona con historia en la empresa.