Los números llegan cada mes y dicen lo mismo. Una línea de negocio, un programa o una región ya no se paga sola y la cubres con lo que deja el resto. Lo sabe finanzas, lo sabe tu consejo, lo sabes tú.
Cerrar se siente como traición. En una empresa se dice que el mercado no lo permite; en una organización de la sociedad civil, que la misión no lo permite. En los dos casos pasa lo mismo: se recorta un poco de todo para no cerrar nada, y se debilita justo lo que sí sostenía a la organización.
Mientras tanto, el equipo hace más cosas y avanza menos. Hay actividad, hay reuniones, hay reportes. Lo que no hay es una fecha para decidir qué se defiende y qué se deja. Y mientras no la hay, la gente que mejor sabe dónde está el problema empieza a irse en silencio.